miércoles, 2 de abril de 2014

El sistema somos nosotros



Solo añadir que, al contrario que el médico que tan bien expresa lo que muchos ciudadanos de este país pensamos, no estoy a favor de las urnas vacías, pero sí de las urnas llenas, repletas, de votos en blanco.

Nuestros políticos, tan dados a la reflexión y a la autocrítica tras conocerse los resultados electorales, interpretarían las urnas vacías como el alejamiento del ciudadano del sistema, no como el rechazo hacia unos señores que nos mal representan. Conseguirían, con nuestra desafección, que el principio que establece que la soberanía nacional reside en el pueblo se quedase en papel mojado, como se quedan todas y cada una de las promesas electorales de estos estafadores de la democracia, a los que solo les interesan nuestros votos para gobernar en favor de los poderes económicos y fácticos, pero no para el pueblo engañado que les ha elegido.

Las urnas repletas de votos en blanco confirmarían que no renunciamos al ejercicio de nuestro derecho al voto, manifestarían nuestra voluntad en las urnas, y dejarían claro, en esas papeletas sin nombre, que ni uno solo de todos estos "antisistema" es digno de representarnos, y mucho menos de decidir sobre nuestro futuro.

domingo, 20 de octubre de 2013

Cuándo ser español da mucho asco


Vivimos en un país con más de seis millones de parados, muchos de los cuales ya no tienen, ni siquiera, derecho a ningún tipo de subsidio. Aquellos que conservan su empleo ven cómo los empresarios para los que trabajan les reducen su salario y modifican sus condiciones de trabajo casi de manera unilateral, so pena de verse en la calle haciendo cola ante las oficinas del INEM. Los pensionistas han perdido poder adquisitivo y, con lo poco que cobran, mantienen a aquellos miembros de la familia que se han quedado en el paro. Los enfermos, entre los que ya no se hace ningún tipo de distinción, pagan más por sus medicamentos y tratamientos, y los que están sanos se encomiendan a la Virgen del Rocío para que los dejen como están. En muchos colegios ya no se sirve un plato de comida a los niños, y el que se la trae de casa tiene que pagar por usar el microondas. No hay dinero para libros, ni para becas, ni para investigación. El que quiera bienestar, que se lo pague, que nuestros impuestos no dan para mucho más después de sufragar los sueldos en A y en B de nuestros legítimos representantes.

Vivimos en un país sepultado no solo por los escombros que han dejado los años dorados del cemento y el ladrillo, sino también por la enorme inmundicia moral de la que, ni asomando la cabeza, llegaremos a respirar algo que no huela a mierda. Los telediarios se han convertido en meros panfletos de la política, repleta de personajes corruptos que se pasean por la geografía española cada fin de semana para darnos "la charla", que viven alejados de la realidad que sufre su país y que son incapaces de ir más allá del "y tú más" en cada una de sus intervenciones públicas. Vivimos en un país que permite la apología de la dictadura franquista y se pasa por la entrepierna los crímenes cometidos durante esos cuarenta años en los que hubo gente que vivió plácidamente. Vivimos en un país en el que algunos políticos se apropian de los símbolos de todos para envolver su mensaje, vomitado en una neolengua que todo lo enmascara y que convierte, a quien no lo comparta, en antiespañol y antipatriota.

Me pregunto cuántos de ustedes habrán dicho, alguna vez, "qué asco de país", cuando no es España lo que les asquea, sino toda esta chusma que da lecciones de patriotismo español, toda esta mediocridad que hemos elegido y reelegimos, manteniéndola en el poder. Quizás por eso hay personas a las que, entrando en el juego de confundir nacionalidad con responsabilidad ciudadana, ser español les da mucho asco.