Ya está: la crisis del partido popular ha terminado, en Génova ya se respira paz, tranquilidad y “buen rollito”, eso sí, hasta la próxima derrota electoral. Atrás han quedado los liberales, los socialdemócratas y los conservadores, los que no se resignaban, las pullitas entre los populares madrileños y los andaluces, los piques entre Aguirre y Gallardón, las discrepancias de Mayor Oreja, Álvarez Cascos, San Gil o Arístegui, el “quien quiera irse que se vaya”, el “por qué no te callas” a la popular, el “queremos primarias”, el adiós de Zaplana y Acebes, el “María somos todos”, la bomba atómica (no sabemos si fabricada con ácido bórico) de Pedro J., las manifestaciones ante la sede del PP, la puñalada epistolar de Elorriaga, el “Rajoy pro-etarra” del ex grapo Pío Moa, las cibercampañas y las candidaturas fantasma. Ya está, ya pasó. En Génova ya vuelven a ser una familia feliz, aunque 409 de sus miembros (o miembras, quién sabe) lo son algo menos que el 84,24% de los compromisarios que han reelegido al líder.

El caso es que el PP ha puesto fin, en un par de días, a ese teatro bochornoso y con tintes de telenovela del que ha sido protagonista durante los últimos meses. Por fin dejarán de lado sus intrigas internas para ejercer la oposición (una oposición que dice ser de centro, aunque se pasan la vida buscándolo) pero no sabemos hasta cuándo: quizás hasta la celebración de las elecciones vascas, quizás hasta que conozcamos los resultados de los comicios gallegos, quién sabe si hasta las elecciones europeas. Rajoy promete una oposición exigente, vigilante, responsable y constructiva (lo contrario de lo que ha practicado durante los últimos cuatro años), una oposición formada por “los suyos”. Hay quien no está nada contento con la idea de que Mariano haya dejado de ser la marioneta que se presentó a las pasadas elecciones generales con el equipo de otro, quien se siente traicionado y defraudado con la emancipación de un auténtico “superviviente” del canibalismo político y mediático, quien esperará pacientemente hasta la celebración de alguna de las citas electorales previstas a lo largo de estos cuatro años para pedir de nuevo su cabeza, a micrófono abierto o con las rotativas a todo gas, a la vez que patrocina a su candidato. Será entonces cuando este congreso se revele como lo que ha sido: un parche. Sin la valiente presentación de candidaturas y proyectos alternativos, este congreso se ha quedado en malos gestos y “chaparrones dialécticos”; en una nueva escenificación de esa farsa disfrazada de unidad, temerosa del debate interno serio con el que construir una oposición y una alternativa de gobierno sólida y creíble; en la disyuntiva de resignarse a respaldar al candidato único o convertir la herida abierta hace unos meses en una auténtica sangría.