"La mayor acusación que se me hizo, fue que hice una lectura literal de la Biblia, en lugar de una lectura simbólica (...) Su literalidad es lo que es: un horror", decía José Saramago tras la presentación de su último libro "Caín", un libro que no dejará indiferente a quien decida leerlo, un libro que, además de entretener al lector, le hará PENSAR con mayúsculas. Ahí reside el problema de aquellos que critican la obra del premio Nobel portugués. Porque la defensa de la fe llevada hasta sus últimas consecuencias no admite ni la reflexión ni el examen cuidadoso de aquello de lo que queremos formar un dictamen. La religión, y en concreto la Iglesia, no admite crítica ni cuestionamiento a sus planteamientos, pero sí se permite criticar y cuestionar, ungido con la mayor de las autoridades morales, todo aquello que se salga del camino establecido por los mismos. ¿Qué clase de justicia existe en un Dios que castiga a un pueblo indiscriminadamente por los actos cometidos por algunos de sus miembros; qué clase de Dios es aquel que necesita poner a prueba la fe del hombre arrebatándole todo aquello que tiene o pidiéndole que sacrifique a su propio hijo; qué clase de Dios es ese que recluta creyentes bajo la premisa del miedo, ese Dios vengativo que cuentan que decía "amaros los unos a los otros como yo os he amado"? Amado, no amo, ni amaré: "amado".
Plantearse todas estas cuestiones nos convierte, para muchos, en seres condenados que no tienen valores ni moral. No creer en ese Dios que "para enaltecer a Abel, desprecia a Caín" nos convierte en aspirantes descartados a aprobar la oposición del Cielo prometido. Me pregunto a dónde irán aquellos que no creen en ese Dios, sino en otro, aquellos que defienden otros valores o tienen otras creencias religiosas, qué será de quienes pensamos que Dios es pura energía presente en todos nosotros, creados a su imagen y semejanza, con lo bueno y lo malo, con distintos sentimientos y pensamientos, con nuestras imperfecciones, pero libres.





